El viaje del Orfeón de Tauste a Alcázar de San Juan y la Amapola de Oro

por El Patiaz | Nov 27, 2025 | Noticias

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Portada disco Sección Femenina Tauste. Coros y Danzas 1
Disco de vinilo con los ganadores del festival

Mientras buscábamos en Internet curiosidades y recuerdos antiguos de Tauste, nos llevamos una sorpresa inesperada.  En una tienda de antigüedades apareció a la venta un disco de vinilo (single) que llamaba la atención por su procedencia: una grabación del orfeón taustano en Alcázar de San Juan.

Intrigados, desde El Patiaz publicamos una nota en nuestras redes sociales pidiendo información sobre aquel curioso hallazgo.

La respuesta no tardó en llegar. Pronto aparecieron varias personas que habían participado en aquel viaje de 1971 y que nos contaron, con entusiasmo y detalle, la historia detrás de aquel vinilo: la aventura del Orfeón de Tauste, su participación en el VII Festival de la Canción de Primavera en Alcázar de San Juan y la obtención del primer premio, el trofeo La Amapola de Oro, que aún se conserva en la sede del grupo en el Ayuntamiento.

Lo que sigue es el relato de aquel viaje inolvidable, contado por sus protagonistas, que ha permitido rescatar del olvido uno de los episodios más alegres y entrañables de la historia musical de Tauste.


El relato

Junio de 1971. En Tauste se respiraba entusiasmo. El Orfeón, orgulloso de su trayectoria, se preparaba para viajar a Alcázar de San Juan y participar por segundo año en el Festival de la Canción de Primavera.

Esta vez lo hacían bajo otro nombre: Coro de la Sección Femenina de Tauste. Así lo exigían las normas del certamen —era la Sección Femenina quien organizaba aquellos festivales, y para poder presentarse había que formar parte de la misma—. El nombre podía cambiar, pero el espíritu era el mismo: Tauste viajaba con su voz, su jota y su bolero, decidido a dejar huella.

El repertorio estaba bien ensayado: la Jota de Huesca y el Bolero Antiguo de Tauste.

El canto lo dirigía con maestría Doña Ana Larraz Pola, mientras que Don Antonio Beltrán Pola, perfeccionista incansable, se ocupaba del baile. Repetía una y otra vez las mismas recomendaciones: los brazos, la elegancia, la lentitud justa, la armonía del movimiento. Les ayudaba también Pedro Moreno, “el del estanco”, que aportaba su experiencia de bailador cuando el grupo, aún verde en danza, necesitaba apoyo.

Los ensayos se hacían en los salones del Casino Principal, cedidos generosamente para la ocasión. Allí, entre pasos contados y acordes de guitarra, se fue forjando lo que acabaría siendo un recuerdo imborrable.

El viaje

El Ayuntamiento de Tauste, con Don Cecilio Cardona a la cabeza, apoyó sin reservas el viaje. En el autobús, una pancarta daba la bienvenida a los curiosos con un toque de ingenio y cariño:
“ES EL ABABOL, TAUSTANOS, UNA FLOR MUY ESTIMADA, DE ESTAS TRES HERMANAS, PARA TAUSTE LA DORADA.”

El camino fue largo, interminable, pero la juventud lo podía todo. A bordo viajaban canciones, bromas y la guitarra infatigable de Paco Ejea, que convertía cada kilómetro en un pequeño concierto.

Hasta los contratiempos se tomaban con humor: cuando una piedra rompió la luna del autobús, la reparación improvisada —un panel de madera y un cristal encajado como se pudo— bastó para seguir adelante. Nadie se quejaba; eran otros tiempos, de recursos escasos y corazones grandes.

Y, como no podía faltar, una bota de vino servía para animar los juegos de cartas y las risas de los más jóvenes, que pasaron el trayecto jugando a “la abuela”.

Por fin llegaron al destino. Se alojaron en la pensión de Doña Paquita, junto a la iglesia de Campo de Criptana, el pueblo de Sara Montiel. Allí, las campanas —donadas por la propia artista— tocaban sin descanso, marcando las horas con un sonido tan hermoso como implacable. Aquella noche nadie durmió: las campanas no se dieron tregua ni a ellas mismas.

Al día siguiente partieron hacia Alcázar de San Juan, donde comenzaban los actos oficiales con una misa multitudinaria. En las ofrendas, cada grupo presentó algo típico de su tierra. Tauste llevó una culeca de novia, que causó admiración y curiosidad entre todos los presentes.

Después, disfrutaron de una visita turística por el pueblo y los molinos de Don Quijote, que parecían vigilarnos desde las colinas manchegas, como guardianes de un sueño por cumplir.

La actuación

Por la tarde llegó el gran momento: la actuación. Los nervios se palpaban en cada mirada, en cada respiración. Pero cuando salieron al escenario, todo fluyó. Las voces, la música, el baile… una fusión perfecta.

Y entonces llegó la espera. El jurado comenzó a anunciar los resultados, del último al primero.
Cuando nombraron al tercer puesto, solo quedaban el Coro de Mieres y el de Tauste. El silencio fue un instante eterno. Hasta que el presentador pronunció: ¡Primer premio, Tauste!

El teatro estalló. Lágrimas, gritos, abrazos. Los taustanos salieron a la calle cantando y bailando junto a los asturianos de Mieres, intercambiando cachirulos y compartiendo la alegría del momento.

Tauste había conquistado el festival y se llevaba a casa La Amapola de Oro, trofeo principal del certamen, símbolo del triunfo y del esfuerzo colectivo. A día de hoy, esa Amapola de Oro sigue guardada en nuestra sede en el Ayuntamiento como testigo de aquello.

El regreso

El viaje de regreso también fue una aventura. Tras comprar el famoso queso manchego, los responsables —a petición de la juventud— desviaron el recorrido hacia Valencia. Allí, Cecilio Cardona, en nombre del Ayuntamiento, les ofreció una gran paella que supo a gloria.

Algunos, entre risas, no resistieron la tentación de meterse al mar con lo que llevaban puesto. El viaje de vuelta fue más tranquilo, lleno de cansancio y satisfacción, con las canciones del festival resonando todavía en la memoria.

Aquel verano no terminó en Alcázar. Ese mismo año, y el siguiente, la Sección Femenina los llevó a actuar por distintas localidades, culminando con una cita inolvidable en el Teatro de la Zarzuela en Madrid, como ganadores del primer premio nacional.

Actuación en el Teatro de la Zarzuela en Madrid

Tauste había dejado su huella en la música popular. Y la amapola dorada, símbolo de aquel triunfo, floreció para siempre en el recuerdo de quienes vivieron aquella aventura.